sábado, 5 de enero de 2013

CUENTOS DEL PUEBLÍN 5



NOCHE DE REYES


Profeta
Un niño, parece un ángel, se asoma al balcón de la Prazuela. Parece alegre pero su mirada infunde miedo.

Niño
¡Cerrad las ventanas, por Dios, por favor… cerrad las ventanas…! Llegará la luna y bañará la plaza. Habrá una luz de puñal azulado, de blanquecino frío… ¡Cerrad las ventanas! ¡Ni luz, ni luna, ni frío, ni miradas, ni voces que atruenan los oídos, ni choques de espadas, ni ruido de pisadas y ni asomo de congojas! ¡Cerrad las ventanas! Ya vendrán a abrirlas los elegidos. Yo estoy esperando sus lentos pasos y su carga de regalos. No sé por qué me da miedo la plaza con su color añil y sus pardas esquinas. No puedo dormir. ¡Ay, mi caballito negro, con su frente alba y su crin cándida! Caballito con ruedas y una cuerda nueva. Mi caballito negro…

Profeta
La luna de enero con su lacia melena se deja caer. La plaza sueña y espera. No hay vida en la plaza. Las ventanas firmes cierran las casas, cobijan las almas, aseguran la paz con las nanas de los ángeles. Todo es espera, todo es silencio. ¡Qué luz tan potente nos brinda ya la luna! Es como un día de blancas tinieblas. Es como un sol avergonzado que no se atreve a pasear su borrachera.

Niño
Yo cierro mi ventana con la esperanza intacta.

Profeta
Yo que tú no me fiaría de lunas ni de estrellas; ni de noches presumidas ni de lazos rojos. Más bien negro será tu día, mañana.

Niño
¿No sabes decir cosas buenas?



Profeta
No es bueno mentir a los niños. Prefiero hacerte llorar ahora, en este lechoso seno.

Niño
Me voy; se acercan personajes grandes. Relumbran sus capas y destellan sus espadas. Coronas y báculos adornan su gesto. Su voz se asemeja a truenos lejanos, que aún provocan pánico. Profeta, ¿quiénes son? ¡No te vayas, así, callado, amedrentado por unos pasos gigantescos! Dime, dime… ¿Quiénes son?

Contra
Debes matar catorce mil inocentes por toda Judea. Es tu destino. Está escrito.

Herodes
¿Dónde está escrito? Ningún sabio lo dice… ninguno lo sabe.

Contra
Hasta aquí llegó un sabio persa que oyó algo de países lejanos, de más allá de las Alejandrías nuevas.

Herodes
No me gustan los sabios persas. Hacen creer a la gente cosas extrañas. Traen mala suerte.

Contra
El persa hablaba de dioses y reyes. De un príncipe nuevo.

Herodes
No quiero oír hablar de príncipes nuevos. Y menos en mi reino.

Contra
Krisna, se llamaba el príncipe. El rey Kansa ordenó matar a todos los niños de dos años para abajo. Le tuvo miedo al príncipe nuevo.

Herodes
Triste destino el de ser rey. Triste es temer al día y aborrecer la noche.

Contra
Los niños fueron asesinados. Todos, menos Krisna. Y éste triunfó sobre el fatídico Kansa. De nada le sirvió su maldad.

Herodes
¿Qué debo hacer? ¿Quién me amenaza a mí? ¿Debo temer al nuevo día?

Contra
Debes cumplir lo que está escrito: “Herodes, el rey cruel…”.

Herodes
Mi palacio es un palacio sin princesas.

El profeta
Los oráculos se cantan, son melodías antiguas cargadas de presagios. Para unos son, sin embargo, agradables sonidos.

Herodes
Las noticias son como dioses bifrontes; nunca miran con una sola cara. No me gustan las nuevas que provienen de extranjeros. Yo soy mi mejor noticia.

Contra
¿Todavía te preguntas por qué no hay princesas en tus bellos palacios? Esperan tu muerte para regresar.

Herodes
Fuera de mi palacio, todos son extraños. Todos me temen pero ninguno es mío.

Contra
Mariamme te espera con tus hijos muertos. Te están aguardando. ¿A qué esperas tú? ¿Qué mejor momento que éste? ¿No hablan los profetas de un nuevo rey? ¡Vete! Regresa al calor del tálamo viudo. Mariamme habrá sabido perdonarte allá en el averno.

Profeta
El cuarto oráculo se cumple ya. De Jacob vendrá quien reine en Israel.

Herodes
¿Cómo he de decirte que no me interesan tus profecías? Antes de conjeturas vanas, respóndeme: ¿Por qué no hay princesas en Herodion? ¿Dónde están mis hijos? ¡Yo no quiero matar inocentes!

Contra
Catorce mil, dicen las escrituras, han de caer bajo tu afilada espada.

Herodes
Nunca tembló mi mano contra un solo culpable. Agria muerte les espera. Pero, ¿por qué he de matar inocentes?

Contra
Un rey no distingue entre inocentes y culpables. ¿No puedes entenderlo? Todos son contra el rey. Los que lo aman porque desean continuar su poder sin estorbos y los que no lo quieren, para arrebatárselo a él y a su progenie.

Herodes
Cruel destino para el rey. Ni dormir se puede hoy día.

Contra
¿No vas a ser tú más que el divino César? Este, para asegurarse el sueño en vísperas de puñales se hace ser dios. Y así, aunque muera, será inmortal. ¿Tú quieres ser dios?

Herodes
¿Qué pregunta es esa en tierras de Yahvé? No soy judío pero conozco bien la ley de Moisés.

Niño
A pesar de las ventanas cerradas, oigo voces enormes, como de dioses o ángeles caídos. Retumban en toda la plaza bajo la escarcha. No es hora de voces ni de lamentos. ¡Recogerse! ¡Dejad los asuntos del día para el día! Hoy es noche de Reyes.



Profeta
Tres reyes llegarán conducidos por una estrella. Esos reyes ancianos sólo caminan de noche para que la luz les guíe. Son los reyes de los niños. Soberbio viaje lleno de sinsabores. Ahora llegan a Belén. El fin de su camino. ¿Cuántos niños ansían su llegada? ¿Alguien los ha anunciado? Los niños están con el corazón esperanzado y su alma alborozada. Sacos enteros de regalos para los niños. Tres reyes vienen cargados de regalos…
Niño
Yo estoy esperando su llegada. Yo soy su destino.

Profeta
Miles de niños como tú sueñan despiertos y atienden con el sueño cruzado de ilusiones.  No saben que el regalo destinado para ellos será una carga demasiado grande para sus madres. Una carga insoportable.

Herodes
Hakima, mi esclava más fiel, tomada de los árabes desiertos, bajo las sombras de Cleopatra, ha de sombrearme la barba. Teñirme cada día los cabellos, ensortijarme el pelo bajo la recia corona.

Contra
Cuida tu aspecto, no vayas a parecer débil.

Herodes
Mi pelo negro infundirá pavor a todos. Y nadie se atreverá a mirarme a los ojos. Así los dominaré, sin necesidad de sangre.

Contra
¡Necio! No hay huida posible. Tu mano ya está manchada por los libros.

Herodes
¿Qué libros?

Contra
Las sagradas escrituras que tú conoces no son nada más que un libro de miles que les seguirán. Tú ya estás en ellos. Todos te acusan de los atropellos más vergonzosos para un mortal. Todos hablan de ti y de tus fechorías.

Herodes
Les tengo un pavor real a los libros. Aun quemándolos, son peligrosos como ruinas llenas de serpientes.

Contra
Busca tu defensa. Eres rey. No puedes huir ni agachar la cabeza.

Herodes
Disfruté de diez mujeres. A catorce se eleva el número de mis hijos y nadie me defiende. Ni Arquelao, que calla.

Contra
Aún se acuerda de sus hermanos muertos por tus manos. Si mirabas a uno, condenabas al otro. Ellos saben que tú los echas unos contra los otros. ¿Qué van a hacer? Esperar, esperar tu muerte.

Herodes
Quiero morir solo. Prefiero la soledad de una celda vacía a una plaza llena de judíos prestos a ser asesinados como tributo por mi muerte. ¡Quiero morir solo! No quiero gente que presencie mi juicio y mi condena a muerte. Ese fin no se reserva a los reyes. Con mi ennegrecido pelo contendré el furor de las madres. Si no hay más remedio, sacrificaré inocentes… Todos serán mis hijos. Por lo cual, todos serán culpables.

Contra
Hermosa argucia, Herodes.

Herodes
Ya no me temo. De repente, se me ha ido el miedo. Mañana en esta plaza que hagan lo que haya que hacer. Yo ya cumplí con mi destino. Ya estoy muerto mucho antes de empezar. Ya estoy muerto…

Contra
Eso no impedirá que yo haga bien mi trabajo. Te dejaré bajo los cascos de algún caballo, mordiendo el barro. Yo no tengo piedad. No habrá ni un solo gramo de conmiseración. ¡Seré inmisericorde! Herodes, ¿estás dispuesto a sufrirlo?

Herodes
Yo ya estoy muerto, ¿no comprendes?

Contra
Yo sólo entiendo la voz del pueblo. Y el pueblo está sediento. Clama contra ti. Lleva clamando años y años contra tu figura envenenada. Ya ha olvidado los palacios y las glorias. Ya no se acuerda del trigo que les trajiste en aquellos años de plagas infernales. Ya no retienen en sus ojos ni en sus bocas las aclamaciones cuando venciste a los enemigos de Jerusalén. Ahora, sólo temen por sus hijos. Demasiadas veces les han dicho que tú serás su asesino. Da igual que no lo seas. Ellos ya te temen. Su voz se eleva y yo la recojo como un carro de fuego que regresa de los cielos. Y en ese fuego debes arder, para resarcimiento del pueblo. Lo siento Herodes, es el destino. Recuerda, todo está escrito.

Herodes
Da igual lo que digas; yo ya estoy muerto.

Contra
Si así lo quieres, que así sea.

Profeta
Un rayo de sol despunta por el este. La plaza ha de quedarse desierta. Herodes y el Contra, ¡qué extraño!, se retiran abrazados. En unas horas, el sol los enfrentará mortalmente. No obstante, parecen amigos, como si ambos necesitaran fundirse en un abrazo de fraternidad. ¡Qué singulares son los hombres comunes! No comprendo sus palabras y menos sus actos. He intentado hablar claro pero nadie me ha escuchado de veras. Quizás el niño aquel del balcón sea el único cuerdo en este solitario lugar. Yo me retiro a mi cueva. Al menos, que nadie me quite el sol, este solecito de enero a la entrada de mi cueva. ¿Qué más puedo pedir?

Niño
Ya amanece. Hoy será el día más feliz. Las voces que soñé durante las tinieblas blancas ya han cesado. Todo ha vuelto a la normalidad. Mañana se poblará la plaza de porteadores y regalos. Todos los niños saldremos jubilosos a recibirlos. Nuestras madres vigilarán nuestros pasos desde las celosías. Y nuestros padres… No los veo. Hace tiempo que nadie los ve por la plaza. ¿Será esto un presagio?
                                               FIN






José Luis Alonso Díez (Pepín)
5 de enero de 2013





miércoles, 26 de diciembre de 2012

CUENTOS POR LA PAZ

Este Viernes día 28 tenemos el cuenta cuentos "Cuentos por la paz", impartido por Manuel Ferrero (www.manutecuenta.com) y organizado por la Asociación Cultural Los Ponjales y La Junta Vecinal de Quintana de Raneros. Tendrá lugar en la Casa de Cultura a partir de las 19:00 horas y estáis todos invitados, en especial los niños para los que habrá "chuches" al finalizar.


lunes, 3 de diciembre de 2012

"CUENTOS DEL PUEBLÍN 4"



Mal día para morir

 Año 1940. La señora Rosa estaba lavando las comederas de los pavos en el pozo de la prazuela. Ese pozo que en esa época era caño y lavadero. Caño de poca agua, que se eternizaban las mozas para llenar un botijo, no digo ya dos calderos. Luego lo excavaron y lo hicieron pozo con brocal de ladrillo, así con cerramiento oblicuo, que hubiera terminado en cúpula, de modo que cuando uno se asomaba a él, daba esa sensación de vértigo, de vacío, de asomarse al abismo negro de las aguas. Junto a ella, Maruja, Leonisa, Nines, María, y Amparo hablaban de sus cosas cuando oyeron voces destempladas:

-¡Que se murió la Tía Wenceslada!,¡Que se murió la Tía Wenceslada!

En la casa de la Tía Wenceslada era día de matanza, día importante. Manuela y Leonardo, sus hijos, se encargaban del sacrificio del cerdo con la ayuda de los vecinos. En medio del corral agonizaba el gocho sangrando con generosidad. Allí se afanaban unos en la matanza y la chamusquina y otras en revolver la sangre para que fuera aprovechada más tarde para las bienaventuradas morcillas. Los niños esperaban anhelantes a que comenzaran a abrirlo y vaciarlo porque con la vejiga se hacían un balón que duraba varios días. No faltaba el abuelo socarrón que, dirigiéndose al cerdo en medio de sus chillidos, dijera eso de “De que te quejarás, si tuvieras que ir mañana a la escuela, como estos pobres infelices”. Todos se reían, aquello era una fiesta, la fiesta anual de la matanza, a la cual confluían muchos y ayudaban, fiesta de la que los vecinos participaban dedicando su tiempo a los demás. Eran épocas de una vecindad obligada, rota recientemente por los ardores de la guerra civil. Esa guerra recién terminada pero que aún sangraba tan profusamente como el gocho, o bien se quedaba arrinconada en las casas con el miedo metido en los cuerpos y el frío en las almas.

La Tía Wenceslada había sido aposentada en una esquina del amplio portalón, al sol, a un lado de la puerta que daba acceso a la casa y al corral, para que pudiera asistir a la matanza del gocho. Habían dejado libre el portalón, con el carro en la calle, y el noble marrano estaba siendo sacrificado con todos los honores y protocolos, como mandaba la tradición y el buen saber de los vecinos. Y allí permanecía ella sin moverse, componiendo una figura en total quietud, que a pesar de ampararse de los rigores otoñales al retostero, parecía una sombra en medio de aquella agitación. El corral bullía y todos se afanaban en la tarea, realizando cada cual el oficio que mejor sabía.

La Tía Wenceslada se mantenía en total inmovilidad, se asemejaba a una figura de cera pero proyectaba una negrura espesa. A su lado no había sombra; más bien parecía que había huido el sol. Los niños la miraban con aprensión y no se atrevían a acercarse a ella. Tampoco había sido precisamente rumbosa de joven; la vida le había salido torcida y el sufrimiento se había prendado en aquellos ropajes oscuros, de brillos sebosos y de lamparones esculpidos al fuego de las lágrimas, los rastrojos y la soledad.
Las niñas jugaban en el corral y corrían persiguiéndose por entre los atareados en la matanza. El abuelo socarrón cogió una vara y la enarboló contra ellas:
-Jodías chavalas, fuera de aquí. Id a correr a la plaza; si no ayudáis, no molestéis – Él iba como a medias en broma y a medias enfadado.

Las niñas se lo tomaron en serio y corrieron hacia la calle asustadas y vocingleras. Cuando pasaron ante la tía Wenceslada, una de las chiquillas chocó con ella y la anciana no se inmutó. No se movió, no dijo nada. Las niñas tampoco se detuvieron para comprobarlo; siguieron su alocada carrera hasta desaparecer en medio de la prazuela. Pero la tía Lorenza y la tía Máxima sí fueron conscientes de que algo sucedía.

La Tía Wenceslada no había proferido un grito roto y desencajado, como era habitual en ella. Se acercaron con cierto temor. Retiraron un poco el pañuelo negro que cubría su frente y tapaba sus ojos y comprobaron, con horror, que la anciana estaba con la mirada en blanco, como perdida en un punto del suelo y que no se movía.

Manuela, que picaba cebolla en el portalón, cerca de su madre, llorando por la irritación de los ojos, casi sin poder ver lo que estaba pasando, se quedó paralizada, y entonces, con una voz desconcertada, mirando hacia la figura de su madre, exclamó:
-¡Ay, Dios mío, ay Dios mío, que no se muera hoy, que no se muera hoy, que espere a mañana… un día tan señalado!
Quedaron todos extrañados de semejante comentario, no comprendiendo Leonardo lo que su hermana estaba profiriendo.

Casi rígida, la intentaron levantar de la silla y no pudieron así que, tal como estaba, en la misma posición de la silla, la auparon, la subieron a su habitación y la dejaron en el catre de borra, en el cual ella dormía. Quedó la señora en esa misma postura, como si se abrazase a sí misma, recogido su cuerpo y sin dar signos de vida: ni parpadeo, ni aliento, ni calor emanaba aquel cuerpo enjuto, estríado por los surcos de una vida pobre y arrastrada.

Y fue entonces cuando se oyeron las voces en la plaza.
-¡Que se murió la Tía Wenceslada!,¡Que se murió la Tía Wenceslada!


Maruja, Amparo, Leonisa, Nines y María, unas mozas ya, entraron en la habitación cuando la Tía Máxima estaba intentando convencer a los familiares de la anciana de ponerla boca arriba en la cama, dejarla estirada y cruzarla las manos sobre el pecho. Se quedaron en el fondo de la pequeña habitación. Nadie les dijo nada. La atracción de la muerte, el misterio del tránsito, la pura situación morbosa de ser testigo de este hecho cumbre les había llevado hasta allí. Pero el retorcimiento del cuerpo de la tía Wenceslada y la imposibilidad de llevarlo a su postura natural añadieron a la escena un elemento más de misterio que en el espíritu de las jóvenes comenzaba a irse transformando en espanto. Sobrecogidas, se miraban entre ellas deseando salir de la habitación pero algo más fuerte que su propia voluntad las impedía moverse, las imposibilitaba hacer el más mínimo movimiento, las forzaba a no provocar ningún ruido, por pequeño que fuese, como si hacer notar su presencia allí pudiera desencadenar algo no conocido hasta ahora, fuera del control de los mayores que aparentaban estar seguros en aquel trance tan penoso.

La tía Lorenza y la tía Máxima tomaron las riendas de la situación. Los familiares se apartaron. En estas situaciones, siempre había alguien que daba seguridad a los demás, que parecía saber poner orden en las cosas mientras los demás se abandonaban a sus sentimientos y congojas. Siempre se ofrecía alguna mujer, moldeada por los asuntos graves de la vida y de la muerte, por los trabajos más serios en los que el rigor y la circunspección no dejan lugar a nada más. Estas mujeres transformaban la habitación en un lugar cósmico, concitaban las fuerzas telúricas en un fin sagrado: brindar a este cuerpo ya despojado de sonrojo la composición ideal para el camino hacia el más allá.

La tía Máxima, decidida y dispuesta, tomó con cuidado pero con resolución las muñecas de la tía Wenceslada e intentó deshacer el abrazo con el que los brazos arropaban a las piernas. Nada. La anciana ejercía una fuerza inusual y la tía Máxima no podía separarlos. Pidió ayuda a la tía Lorenza, que hasta el momento, observaba con desconfianza la maniobra. Se pusieron las dos a la faena, con cuidado, con respeto pero ya con un punto de fiereza en los gestos. Se miraron, cogieron cada una un brazo de la mortecina abuela y tiraron de ellos con miedo a romper aquel cuerpo mínimo pero con la suficiente fuerza y decisión. No había manera.

-Esto parece cosa de brujas- deslizó la Tía Lorenza al oído de su compañera en la tarea –esta vieja con nosotras no va a poder. Quiera o no, ahora mismo la vamos a estirar. Coge por ahí.

Y las dos, ahora sin miramientos, comenzaron a tirar, una de los brazos y la otra de las piernas, conteniendo la respiración y evitando mirar el rostro compungido, ceroso y ceñudo de la anciana, que tampoco relajaba sus facciones confiriendo a su cara un gesto amenazante y tétrico.

Las mozas, al fondo, observaban con desasosiego la escena. Amparo se cogía de las manos con Nines y comenzaba a sentir una mezcla de miedo y congoja que se iba transformando en una misteriosa hilaridad. Amparo comprobaba, con disimulado pasmo, que estaba a punto de soltar una carcajada. No sabía qué podía estarle ocurriendo: la escena se le antojaba cómica, de una comicidad extraña y sobrenatural. Aquella venerable anciana minúscula podía con dos mujeres bragadas y avezadas en estos tratos. Lo estaba temiendo, la carcajada brotaba sola, se acercaba al extremo de su boca, nacía en el estómago y estaba a punto de aflorar. “No, Dios mío, no, no puede ser, no puedo reírme, por Dios, tengo que contenerme. Mejor me voy a la calle antes de formar aquí un escándalo imperdonable. No podría nunca más mirarles a la cara a esta familia…·”

Y en esas estaba cuando se oyó un respingo como salido de entre las sábanas. Provenía de la tía Wenceslada que mantenía la cabeza semioculta en la almohada. Todo el mundo quedó paralizado. A Amparo se le congeló la incipiente carcajada. La tía Máxima algo debió notar porque soltó las piernas de la anciana; un calambre le recorrió sus propios brazos. La tía Lorenza también dejó de hacer presión en las manos de la vieja y se quedó mirándola fijamente a la cara. En el rostro de la vecina se dibujó una mueca de horror. La tía Wenceslada abrió los ojos hundidos, pegó un brinco y se sentó en la cama, como si un resorte se hubiera activado por sí solo.

Pasó un segundo del sobresalto, al pavor y a la huida en tropel de aquel cuarto. Alguien, en su atropellada espantada buscando la salida iba diciendo: “Que viene a por nosotras, que viene por nosotras”. La tía Máxima, tan dura y recia, fue la primera en ganar la plaza. La tía Lorenza se agarró al mantón de Máxima y se dejó arrastrar por ella, ciega por el susto. Las mozas no pararon de correr hasta el barrio de abajo y no se acercaron a la casa de la tía Wenceslada, allá en la prazuela, en muchos días, incluso años. Los propios familiares se refugiaron en el corral donde el cerdo había quedado a medio chamuscar. Y allí quedaron mirando a la habitación sin atreverse a subir para comprobar lo que sucedía.

Quedó sola la resucitada anciana en su cuarto. Se palpó los muslos y la cara, se levantó, se acercó a la ventana que daba al patio y con esa voz cascada, como de grajo, se dirigió a los allí pasmados familiares:
-Me quedé dormida, ¿os echo una mano con las morcillas?

Unos años más tarde, la tía Wenceslada falleció consumida por los días y la tristeza, en aquella misma habitación. La familia llamó a dos mujeres de Villanueva para que vinieran a amortajarla. Les dijeron que era tanta la pena, que nadie en el pueblo quiso a realizar tan piadosa labor.




José Luis Alonso Díez (Pepín)

3 de diciembre de 2012